Entonces la mar
Alejandra Glez propone una nueva forma de mirar su relación con el mar. No desde la tensión que ha marcado etapas anteriores de su trayectoria, sino desde la calma. Desde la serenidad de la mujer que es hoy y que decide volver a la niña que fue, no por nostalgia, sino para recuperar una manera más libre y menos condicionada de habitar el mundo.
Entonces la mar activa esa doble dirección. Remite a la infancia, pero también abre una consecuencia suspendida: entonces… ¿qué cambia cuando miramos desde ese lugar?
La artista nos sitúa en la orilla. No en la profundidad ni en la inmensidad que marcaron otras fases de su obra, sino en ese punto donde el agua toca la tierra firme y todo adquiere otra escala. La orilla no es un límite: es el lugar donde se decide cómo estar.
Para el adulto puede ser frontera. Para el niño, territorio de arena, juego y exploración. Esa diferencia de mirada sostiene el recorrido.
Una línea de arena recorre el espacio expositivo, entre la pared y el suelo, entre la obra y el espectador. Esta instalación convierte la idea en experiencia física. La orilla no separa; obliga a posicionarse. Puede sentirse como borde o como apertura. Desde ahí, la trayectoria de Alejandra Glez deja de leerse únicamente como relato artístico y se entiende como proceso personal.
Las fotografías familiares de la infancia no funcionan como archivo sentimental, sino como origen. En ellas conviven acompañamiento y ausencia. La inocencia que aparece no es ingenuidad, sino la energía inicial de su relación con el mar.
Una pieza sonora añade otra capa sin explicar nada. Tres tiempos conviven: la infancia, la adolescencia —a través del reencuentro grabado con su madre— y un canto yoruba interpretado por Lázaro Ros. No construyen un relato lineal, resuenan. El sonido desplaza la experiencia del plano visual y sitúa la memoria en otro registro.
Las obras que siguen adquieren aquí un sentido distinto. Mar negro ya no insiste en la oscuridad, sino en la capacidad de salir de ella. Entre redes desplaza el límite al interior: el mar permanece abierto detrás, pero la mirada se detiene en la red. La pregunta deja de ser qué rodea a la artista y pasa a ser desde dónde mira.
En Océano, el gesto de sacar la cabeza del agua para respirar condensa esa transformación. No es huida. Es pausa consciente antes de volver a sumergirse.
La exposición no concluye; se abre. Los bocetos reunidos en Por venir mantienen la creación en movimiento. Y Trocitos de mar traslada esa apertura al espectador: el texto se fragmenta en múltiples piezas que pueden recogerse. No como recuerdo, sino como gesto de continuidad.
Desde la orilla, el mar cambia de escala. Y también la forma de mirarlo.
Trocitos de mar (por Alejandra Glez)
Si cada trocito de este mar pudiera guardar nuestros deseos más íntimos, los amores que cuidan los cuerpos, la salud compartida, el bienestar que calma por dentro.
Si cada olita trajera consigo la memoria de una brisa de verano, suave sobre la piel salada, el tiempo detenido, la luz lenta del día. La mano de mamá que sostiene, el abrazo del hermano que acompaña los pasos dados juntos, sin prisa, sin miedo, con confianza abierta y tibia. Los abuelos riendo en la orilla, jugando con arena húmeda, levantando castillos frágiles que caen y vuelven a empezar, siempre. La sonrisa de papá mirando desde lejos.
Si cada gota de agua salada pudiera limpiar los miedos antiguos, el dolor que pesa, la pérdida silenciosa.
Si el mar dejara espacio para soltar lo que duele, lo que falta, lo que tiembla, lo que resiste, lo que queda vivo, lo que ama sin medida, lo que espera todavía.
Entonces la mar sería siempre linda, abundante, poderosa, generosa, maternal, profunda, protectora, presente, siempre ella, llena de amor.