Universo
Hay un momento en la trayectoria de Jan Kaláb que lo ordena todo. No fue cuando dejó la calle por el estudio, ni cuando cambió el spray por el pincel. Fue cuando, después de años pintando graffiti, dejó de mirar las letras y empezó a mirar los espacios entre ellas.
En esos huecos, en esa geometría que nadie nombraba, estaba la puerta de salida de lo que él mismo llamó la jaula de las letras: la trampa de repetir el propio nombre hasta que el nombre lo es todo y no deja espacio para nada más. De esos vacíos emergió el círculo. Y el círculo lo cambió todo, no como forma, sino como idea: una línea que divide el espacio en dos mundos que se llaman el uno al otro. El interior y el exterior. La presencia y la ausencia. «El círculo es solo un punto. Solo más grande.»
Fue en Buenos Aires, en 2014, cuando pintó un gran círculo sobre una pared exterior al que llamó agujero negro. No era una imagen del cosmos: era la demostración de que el círculo, cualquier círculo, divide el mundo en dos espacios que no se pueden medir. El interior y el exterior son infinitos los dos. Y el infinito, como el vacío, no tiene fondo. De ese agujero negro nacieron todas las formas orgánicas que articulan la obra de Jan Kaláb en Universo. El cosmos visto desde fuera y la célula vista desde dentro resultaron tener la misma geometría. La diferencia entre el microcosmos y el macrocosmos no es su naturaleza, es solamente su escala.
Universo no es un resumen ni una retrospectiva. Es la demostración física de ese sistema de pensamiento en sus distintas materializaciones.
Las pinturas planas son el punto de partida y el más legible: formas orgánicas que oscilan entre lo cósmico y lo celular sin decidirse por ninguno de los dos. La más oscura, Dripping Inverted Light 425, es el heredero más directo del agujero negro de Buenos Aires: un círculo imperfecto de negro profundo rodeado por un arcoíris que se derrite, con un pequeño detalle que se separa y orbita en la parte inferior. Otro punto.
Las pinturas en relieve llevan esa ambigüedad un paso más lejos: son pinturas que tienen cuerpo, superficies que proyectan sombra, formas que crecen hacia el espectador. En Hot Wave over Cold Horizon 826, el naranja y el rojo, el calor, desciende mientras el azul frío sube, dos fuerzas que no llegan a tocarse contenidas en una forma que no pertenece ni a la pintura ni a la escultura, sino a algún espacio entre las dos.
La serie de esculturas suspendidas Form of Void son la materialización más literal del título: cuerpos vacíos que te llevan a otro lugar. No son gradientes de color, son capas cada una de un tono distinto, y su separación construye ese tránsito entre estados, esa secuencia, ese gradiente. Contemplarlas es preguntarse si lo que se está mirando es calor o frío, interior o exterior, plano o volumen. La misma pieza cambia de naturaleza según el ángulo. Difícil de calibrar, difícil de resolver.
La escultura de bronce Blue Flame 826, doscientos centímetros que ascienden desde una base de negro puro hacia un amarillo luminoso, cierra el círculo de esta propuesta. Su forma nace del gesto de pintar con spray: el trazo que avanza y que se retuerce, que deja de ser línea sólida para convertirse en volumen degradado. Es el movimiento del graffiti liberado de la pared. Una llama que no se apaga, que está ocurriendo.
«Eres solo un punto en el universo.»
Universo articula las dualidades que definen el trabajo de Jan Kaláb, plano y volumen, geométrico y orgánico, interior y exterior, micro y macro, estático y en movimiento, y las sostiene dentro de un mismo espacio sin necesidad de resolverse. Jan Kaláb lleva más de treinta años mirando dentro de ese punto. Si solo somos puntos en el universo, como Jan, quiero saber qué hay en él.